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El ajedrecista de la Plaza Mayor (“Fantasmas”)

Ajedrecista arco-iris de La Plaza Mayor (adaptación de “Fantasmas” ) ©

Autor: Jaime Fernández de Bobadilla

Hay fantasmas. Yo los he visto. A veces son ramas de árboles o cortinas o sombras. Otras, cobran forma humana. Entonces tienen ojos, boca, corazón… Los fantasmas existen.
Y conste que no me refiero a los clásicos de cadena y sábana, ancestros que corretean por los pasillos, almas en pena, viejos enemigos rencorosos que habitan el limbo y juegan la misma partida de ajedrez una y otra vez…
No me refiero a esos, no… Ni siquiera, si es lo que estás pensando, a los que se instalan en las aristas íntimas o en la articulación de la rodilla para estar presentes a cada paso, debajo de la primera piel invadida… Ni siquiera a los que extienden cheques al portador al tiempo y se cobran los servicios en presente o repiten actos pasados en calidad de halografía de firma, provocando recuerdos indeseados porque hablan, gritan, gimen, aman a destiempo y recubren el tiempo y lo matan en presente simple.
No. Tampoco voy a contarte de esos otros que deshabitan el corazón. Viajan sin billete por el pasillo del alma estropeada como pieles rojas sigilosos y se instalan en aquellos que ignoran que no vuelve lo perdido, que el tiempo viaja siempre en la misma dirección y que, cuando ayer perdieron, eran lo que todavía son.

No hablo de los que habitan entre la boca y la voz.
No hablo de los que cantan y, en la mar llamamos sirenas.

Hablo de fantasmas de verdad que tienen forma. Existen. Viven. Sé lo que digo. Los he tenido al alcance de la mano. Los he visto con mis propios ojos. Escucha…

Ha entrado enero de frío azul. Sin contraventanas. A golpe de calle y “¡Mierda! he salido sin abrigo”. Es decir, frío de verdad para temblar. Voy calle Mayor arriba un día cualquiera. Un poco distraído o concentrado en el frío y los pasos. Llego al mercado de San Miguel. Escaparates bonitos. Ultramarinos y botellas y barras de bar. Tomo unas copas de vino con un par de amigos bajo los arcos neoclásicos de la Plaza Mayor. No tantas como para ver fantasmas pero sí para reír a carcajadas por cualquier cosa. Me despido. Ando calles estrechas.

Es entonces cuando lo veo. Reflejado en un charco reciente. Un fantasma vestido de arco-iris que se desliza y deforma, objetos y personas. Pasa junto a mí. Me susurra al oído tres jugadas de ajedrez. Dice que es Capablanca o Alekhine o Fischer. Mide las palabras. Me mira a los ojos. El espectro sonríe un poco malévolo, embruja, gira, baila la calle desierta. Lo sigo hasta una plaza. El viento mueve su pelo arco-iris. Crece volátil. Corre y, al fin, desaparece tras una esquina de Huertas.

Te estarás preguntando si busqué a mi fantasma. Claro. Claro que lo busqué. Todas las tardes. Lo busqué como un loco. Quería verlo y oír, una vez más, su voz. Pero nada. Nada. Luces, gente, alboroto y calles desiertas de espectros.

(…)

fantasma

Hoy es, no sé, creo que jueves. Cae la semana y con ella, el alma cuesta abajo de tantas partidas de ajedrez casi iguales que parecen la misma. Cruzo los arcos de la Plaza Mayor. Estatuas. Mareas de gente. Terrazas. Ventanales asimétricos. Fachadas pintadas.

En un lado de la plaza, una mujer guapa rodeada de chiquillos. Sujeta dos palos unidos por cuerdas. A sus pies, un cubo de agua jabonosa. A su lado dos sillas y un tablero de ajedrez. Sumerge las cuerdas y las alza en el aire. Así renace, perplejo, transparente, vestido de arco-iris, un fantasma. La mujer me mira, sonríe en carne y hueso, lo toca con el dedo y el jugador arco-iris se sienta frente al tablero.

Hay fantasmas. Yo los he visto. A veces son ramas de árboles o cortinas o sombras. Otras son pompas de jabón.

Si quieres jugar, sólo tienes que tocarlas con el dedo…

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